Testimonio de vida monástica

Los vecinos de Lerma sólo ven a las clarisas de La Ascensión cuando salen a votar. Se levantan a las seis y media de la mañana y dedican seis horas al día a la oración.

Llegan de toda España, con sus títulos bajo el brazo: farmacéuticas, físicas, actrices, publicistas, abogadas, estudiantes, empresarias o empleadas. De todas las clases sociales. De Neguri, pero también de Leganés. Algunas, amigas del presidente de Endesa o del director general de la Policía, Juan Cotino. Otras, de barrios humildes de Madrid, Sevilla, Badajoz o Bilbao. Chicas como Alejandra, brillante ejecutiva de Arthur Andersen. «Estás loca, allí no pegas», coreaban sus compañeros cuando les dijo que se metía a monja de clausura. «Comprendí que luchar por el dinero y por el prestigio social no era suficiente para dar sentido a una vida», dice ella.

Un religioso que conoce bien a las clarisas afina más: «El milagro de Lerma es y fue posible por una monja, una mujer con un don especial, con un carisma extraordinario para conectar con la juventud actual, y tocada por el dedo de Dios».

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